China Zorrilla «La mujer que hackeó el tiempo»
Hay personas que no mueren; simplemente se mudan a la memoria colectiva. China Zorrilla pertenece a esa estirpe de elegidos. A más de una década de su partida física, el nombre de la mítica actriz uruguaya no solo sigue resonando en los teatros y sets de filmación de ambas orillas, sino que su figura cobra una vigencia impactante en las pantallas cinematográficas.
Del periodismo al escenario: los años de Concepción
Nacida en Montevideo bajo el nombre de Concepción Matilde Zorrilla de San Martín, creció rodeada de las mentes más brillantes de la época —una estirpe familiar apodada con justa razón «la aristocracia del talento»—. Sin embargo, su camino hacia el estrellato no fue directo. Antes de adueñarse de las tablas, coqueteó de forma entusiasta con el periodismo.
Su bautismo de fuego llegó a lo grande: viajó a Europa y cubrió el Festival de Cannes, donde presenció estupefacta el estreno mundial de La Dolce Vita de Federico Fellini. Esa fascinación la persiguió toda la vida. Poco después, el teatro independiente uruguayo la cobijó en sus primeros pasos y, tras ganar una codiciada beca para estudiar en la prestigiosa Royal Academy of Dramatic Art (RADA) de Londres, regresó para convertirse en el pilar de la Comedia Nacional Uruguaya, antes de su definitivo y consagratorio desembarco en la Argentina de los años 70.
El pacto de caballeros (y una dama) con Marcos Carnevale
Si la juventud de China estuvo marcada por el rigor clásico, su madurez fue un canto a la audacia. En el año 2005, a sus 82 años, la actriz se convirtió en la protagonista de uno de los hitos cinematográficos más conmovedores del cine hispanohablante: Elsa y Fred.
Detrás de ese milagro estuvo el cineasta Marcos Carnevale, con quien China tejió una amistad entrañable que excedió por completo la relación profesional. Carnevale escribió el guion con una obsesión fija: la protagonista tenía que ser ella. La anécdota detrás de la propuesta pinta a China de cuerpo entero: cuando el realizador la llamó para ofrecerle el rol, ella pensó que le tocaría encarnar a una tierna abuelita tejiendo en un rincón. Carnevale la frenó en seco: «No, China. Vas a ser la chica de la película».
La complicidad entre ambos fue tal que lograron lo imposible. En pleno rodaje en Roma, y desafiando cualquier manual de logística y salud para una actriz octogenaria, recrearon la mítica escena de la Fontana di Trevi. Aquel sueño que China había cubierto como periodista en Cannes se cerraba en un círculo perfecto: ella misma estaba metida en esas aguas, riendo con la frescura de una adolescente junto al actor español Manuel Alexandre, bajo la mirada cómplice de su gran amigo Carnevale.
«El último viaje a China»: la charla que debíamos ver
Ese espíritu indomable, capaz de gambetear censuras políticas y proscripciones con la elegancia de una sonrisa, es el motor principal de El último viaje a China (2026), el aclamado largometraje documental dirigido por Alejandro Maci y producido por Pablo Echarri.
La producción esquiva con inteligencia la solemnidad de las biografías tradicionales de manual. El documental se estructura alrededor de un reencuentro profundamente emotivo: Soledad Silveyra viaja a «Paraíso», la mítica chacra de Carlos Perciavalle en Laguna del Sauce (Uruguay). En ese refugio donde China pasaba sus veranos, «Solita» y Perciavalle se sientan a conversar y abren el cofre de los recuerdos.
A través de un archivo audiovisual impecable que intercala fragmentos de sus películas, novelas y entrevistas televisivas, el espectador redescubre las desopilantes giras en autos maltrechos, sus fabulaciones geniales (esas «mentiras» hermosas que ella transformaba en verdades absolutas) y la inmensa generosidad de una mujer que abrió la puerta para todas las generaciones de actrices que vinieron detrás.
China Zorrilla demostró que la vejez puede ser el escenario de la mayor de las rebeldías. Y este repaso periodístico, al igual que su risa inolvidable, es la prueba de que su viaje nunca va a terminar.
ahora23.com
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