Augusto Pedales «Continúa caminando»
En ahora23.com nos gustan las historias y en este caso Augusto Pedales se tomo el tiempo de contarnos parte de su interesante vida en España. Él eligió como titulo «Continúa caminando», así que se lo respetamos y publicamos tal cual. Cuenta en primera persona, entre otras cosas, como el Coaching Ontológico le cambio la vida. Ahora si te invitamos a leer su historia, lo que antiguamente en los diarios tradicionales se llamaba «Cartas del Lector»:
Soy un argentino que nació en la Patagonia argentina y que, en un momento de su vida, se mudó a España por la curiosidad de vivir en otro país. Pero el foco de esta historia no va a estar en el típico relato de las adversidades que una persona vive cuando comienza una nueva etapa de su vida fuera de su país natal. Esta historia trata sobre algo que fui aprendiendo con el tiempo: tenemos la capacidad, como seres humanos, de no encasillarnos a vivir de una sola forma, en un solo lugar, con una sola profesión, etc. Si no estamos conformes o a gusto con determinada experiencia en nuestra vida, podemos cambiar. Y muchas veces, si no lo hacemos nosotros, la vida se encargará de hacerlo por nosotros, a través de experiencias que solemos llamar crisis.
Dicho esto, situémonos en Barcelona.
Fue la ciudad que elegí para desarrollar mi profesión como maestro cervecero. Más allá de que también había estudiado para ser profesor de Educación Física y que desde temprana edad me había dedicado al deporte, fabricar cerveza había comenzado como un hobby. En un momento de mi vida invertí los roles: dejé el deporte como mi hobby y convertí la producción de cerveza en mi profesión. Mi idea era compleja, pero sencilla a la vez. Quería desarrollarme profesionalmente como cervecero en la ciudad catalana. Trabajar con cervecerías artesanales pujantes, darme a conocer en el sector, lanzar mi marca de cerveza en la ciudad y, posteriormente, irme a algún pueblo de España para montar mi propio bar con una pequeña fábrica de cerveza en el mismo lugar. Quería disfrutar de fabricar mi propia cerveza y poder compartirla allí mismo. Vivir en un sitio natural y tranquilo, y tener un equilibrio entre el trabajo y disfrutar de los deportes de montaña que me gustan. Estar en una ubicación que me permitiera viajar y conocer distintas culturas, de una manera mucho más accesible que desde la Patagonia argentina.
Quería promulgar, a través de mi marca de cerveza artesanal, un estilo de vida: disfrutar de un producto de calidad, el deporte, las buenas relaciones y la naturaleza. Al principio tuve que trabajar de cualquier cosa en Barcelona. Al no tener vida laboral, comenzar en un país desde cero es prácticamente como ser un adolescente que sale a trabajar por primera vez, al menos visto desde mi experiencia personal. Pero la experiencia y el conocimiento juegan un gran papel. Eso, sumado al esfuerzo y la insistencia, me llevó poco a poco a generar contactos y comenzar a trabajar con algunas fábricas grandes. Me metí a trabajar en bares especializados en este preciado producto. Poco a poco fui ganando terreno y contactos, conociendo personas, hasta que se dio la oportunidad de alquilar una fábrica en Badalona, a las afueras de Barcelona.
En Argentina había tenido mi propia fábrica, con la que vendía mensualmente una gran cantidad de litros: alrededor de 5.000 mensuales en aquella época. Por eso, con esos números en mente, al momento de fabricar en España pensé que sería una buena idea producir unos 1.700 litros para probar. Esta metodología ya la había implementado en Argentina luego de vender mi parte de la fábrica que tenía en la Patagonia. Alquilas las instalaciones, fabricas un lote de tu producto, lo envasás y luego te encargás de venderlo. Para esto es clave tener un buen vínculo con los propietarios del sitio, ya que es como que alguien te invite a su casa a cocinar: que abra las puertas, te preste su cocina, te deje utilizar sus ollas y, cuando vos no estás, te controle el guiso. Y luego, una vez que lo tenés envasado, te deje entrar y salir para comercializarlo.Con estos dos dueños, al comienzo fue así. Cuando los conocí, pegamos muy buen “rollo” o muy buena onda, dependiendo desde dónde estés leyendo. Fabriqué el lote de cerveza. Todo perfecto. Luego comencé a fabricarles algunos lotes a ellos también, ya que habían tenido muy buenos resultados con mis técnicas. Comencé a frecuentarlos mucho más y a pasar más tiempo en la fábrica al trabajar juntos. Por lo cual comenzaron a salir algunos detalles que antes no había visto. Ambos estaban bastante enganchados a la cocaína, a la merca, a la farlopa. En uno de esos días, entrando en confianza, me ofrecen. A lo cual no accedí, con sumo respeto. Nunca me dio curiosidad ese estupefaciente; siempre me pareció muy nocivo. Noté que ese momento fue un antes y un después. Como todo ser que está inmerso en esa situación, calculo que comenzaron con una paranoia al yo no estar en la misma calle.
Luego de esto, envasé mi cerveza. Al poco tiempo me enteré de que debían más de 250.000 euros de alquiler. Luego del COVID habían dejado de pagarlo. Al poco tiempo comencé a ver personas que venían a reclamarles dinero. El ambiente estaba cada vez más tenso. Y yo tenía mis pallets de cerveza ahí. Rápidamente comencé a buscar un transporte y otro sitio donde almacenarlos. Hasta que lo conseguí. Cargué todo en un camión y me lo llevé a un depósito. A los tres días de esto, les clausuraron y confiscaron la fábrica. Nadie podía entrar ni sacar nada. El consumo de cerveza artesanal en España no estaba ni cerca del de Argentina, por lo que vendí una parte del lote de cerveza, pero perdí bastante dinero. Pese a que en su momento fue doloroso, continué adelante y lo vi como algo positivo. Como parte del plan, mucha gente conoció mi marca, lo cual me serviría cuando tuviera mi propio lugar. La ciudad ya comenzaba a pesar. Con la pandemia había calmado un poco la intensidad del turismo y el caos, pero poco a poco volvía a ser lo que era antes. Por lo que, con mi novia de ese momento, comenzamos a trazar la búsqueda de ese nuevo lugar más tranquilo donde vivir y comenzar la siguiente etapa del proyecto. Entre unos cuantos viajes y alrededor de dos años, nos decidimos por uno, en el norte de España. Un sitio más natural, con bastante tránsito. La idea era directamente montar la cervecería. Encontramos un pueblo con las características que buscábamos. En ese momento ambos teníamos trabajos en Barcelona, alquilábamos un piso y estábamos muy estables. Viajamos algunas veces a ese pueblo, hasta que encontramos un local para montar dicha cervecería. Esto era en diciembre, por lo que debíamos renunciar y mudarnos. El local nos lo guardaban hasta marzo, lo que nos daba un tiempo para poder acomodarnos. Por lo que, en uno de los últimos viajes, decidimos alquilar el local y tomar la decisión: era el momento de dejar todo en Barcelona y mudarnos al norte. De este último viaje volvimos un jueves. El viernes por la mañana tenía un estudio médico de control. Ese mismo día me dan cita para el martes de la siguiente semana con el urólogo. El cual me diría que tenía un cáncer de testículo y que me tenía que operar inmediatamente.
Quedé en shock.
Mi mente venía de definir algo en lo cual había soñado y proyectado durante años. Todo era bello: felicidad, emprender, cambio. Y este hombre me sale con que tengo un cáncer de testículo, que me tienen que operar, que luego de quitarme el tumor lo iban a analizar y recién ahí me dirían si necesitaba quimioterapia o algún otro tratamiento. Yo, toda mi vida haciendo deporte, comiendo sano… y me sale esto. Una cantidad de pensamientos que no podía entender. Le pedí al urólogo que me diera una semana para ordenar mi mente, entender la situación y ponerme fuerte mentalmente para la operación. Y así fue. A la semana había aceptado la situación. Estaba listo y mentalizado en que esto era un trámite: me operarían, saldría todo bien, el seminoma estaría focalizado, no necesitaría más tratamiento, me recuperaría de la operación y en marzo me estaría mudando y comenzando a construir mi cervecería. Y así fue. Quizás en ese momento no le di la importancia que puede llegar a tener un proceso así psicológicamente. Literalmente, lo pasé como una gripe. Los primeros días de febrero me dieron los resultados y se dio como me había mentalizado. A finales de febrero me estaba automudando con una furgoneta casi camión. Estuve tres meses remodelando el espacio, hasta que monté lo que había imaginado.
Abrimos al público.
De a poco comenzó a venir gente. Me visitaron muchas personas de Barcelona y personas que había conocido en otras partes. Tenía una estufa que había remodelado para hacer asados y hacía visitas guiadas donde explicaba el proceso de fabricación. Verdaderamente me apasionaba enseñar, transmitir y compartir toda mi experiencia y mi conocimiento. Pero todo esto no alcanzaba para pagar las cuentas. Nada es inmediato, ni más ni menos en un negocio. Pero ya había pasado un año y medio desde que había abierto el negocio, casi dos años, y apenas mantenía los gastos. La zona era hermosa para vivir, pero el modelo de negocio que ofrecía no estaba bien ubicado para que fuera rentable económicamente. Los problemas económicos comenzaron a realzar problemas que quizás ya venían de antes en la pareja, por lo que decidimos separarnos con mi novia de ese momento. Ahí comencé a entrar en un bucle de dormir mal, problemas económicos, deudas y ruptura amorosa. Con este cúmulo entré en una depresión bastante oscura, pero así y todo seguía adelante. Buscaba la forma de hacer funcionar el negocio. Complementé con otros trabajos externos mientras intentaba vender el negocio, con todo lo que había invertido. Ahí llegó de todo. Hasta dos africanos con fajos de dinero, con sellos del FMI, que hasta el día de hoy no entiendo cómo querían estafarme. No daba más. Había noches en las que me despertaba convulsionando. Escuchaba un pequeño ruido y saltaba de la cama. Desarmé el negocio, entregué las llaves. Perdí mucho dinero. Me mudé a lo de unos amigos, a la ciudad más cercana que tenía. Me enfoqué en hacer entrenamiento de fuerza y en mi alimentación, rigurosamente, sin una gota de azúcar. Olvídate de poder beber alcohol, porque aunque tomara lo más ínfimo, no dormía. Tenía acompañamiento con mi psicóloga. Decidí no tomar fármacos. Me focalicé en mí al 100%.
Iba a salir de esta, cueste lo que cueste.
Me encontré un trabajo como mecánico de robots, que no me gustaba para nada, pero me pagaban más de la media de cualquier trabajo en España. Al pasar por todo esto, no beber alcohol siendo productor de cerveza y teniendo algo que me apasionaba —el catar, los aromas, fabricar, compartirlo— me generaba una contradicción. Con toda esta crisis, no le veía el sentido. Sentía que beber un sorbo me afectaba muchísimo. Pero esto era lo que había elegido como mi profesión. Era lo que me representaba. Mi propósito. Por lo que, con esto, se sumaba algo más a esta grilla: una crisis de identidad.
¿Ahora quién soy?
¿Qué hago de mi vida?
¿Qué propósito tengo?
Volver a ser profesor de Educación Física puramente no lo veía. Pero comencé a analizar, más en profundidad, que lo que hacía con mi marca de cerveza era transmitir una filosofía de vida. Compartir y aportarles algo a otras personas, más allá de que me encantaba el proceso de fabricar una cerveza y el lado artístico de crear un producto. No era que bebía a chorros. Lo que me gustaba era todo ese complemento.
Me di cuenta de que, en mi naturalidad, era un motivador innato.
Siempre buscaba aportar a mi entorno mi forma de alimentarme, mi experiencia con el deporte, el equilibrio de cultivarnos espiritualmente… detalles que hacía a diario y promulgaba. Era un estilo de vida que siempre había practicado y que, en momentos difíciles como el que me tocaba transitar, más me apoyaba en él. Hasta que apareció el concepto de Coach Ontológico en mi vida. Siempre me había interesado el alto rendimiento deportivo cuando estudié el profesorado, y esto lo veía como un gran complemento: acompañar a una persona a su máximo potencial. Porque podemos estar muy bien físicamente, pero si la mente no está alineada, ya sabemos qué pasa. Esta nueva profesión era, a la vez, una forma de vivir que ya practicaba hacía muchísimo tiempo sin darme cuenta. Con el cáncer: proyectarme una realidad deseada. El proyecto de la cervecería: vivirla como si ya lo hiciera, hasta que lo logré. Fabricar cerveza o montar un negocio en otro país. Mudarme. Etcétera. Una actitud positiva ante todo y entender las crisis u obstáculos como oportunidades para un aprendizaje, y no quedarme atrapado en esa realidad. Me di cuenta de que, utilizando toda esta rama del coaching, tenía una forma de aprovechar y reivindicar todo lo que había sufrido y atravesado. Podía aprovechar todo ese conocimiento para acompañar y entregárselo a otros. De alguna forma, ponerme al servicio para poder hacerles, cualquiera sea aquello que les toque atravesar, el camino un poco más llevadero. Y de esta forma, continuar con el propósito de mi vida: algo que me llena y me hace estar en una línea mejorada respecto de todo lo que venía creando hacía años. Y que, seguramente, si no hubiera atravesado todo esto que te cuento, mi realidad sería muy distinta al enfoque que tengo hoy. Mucho más alineado a mi estilo de vida que a cómo lo estaba enfocando. Para mí, el éxito es que, a pesar de las caídas, uno se siga levantando e intentando, probando y buscando, aprendiendo. Descansar cuando se necesita para juntar fuerzas y volver a intentar, hasta sentir que estamos en el camino que queremos transitar en este momento fugaz que es nuestra vida.
Y si estás leyendo esto, es porque tuvimos el honor de coincidir en este momento y espacio. Continúa caminando. Porque aunque no veas el camino por la niebla, haga frío y no sepas cuánto te falta para llegar… la cima puede estar a solo unos pocos pasos.
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